Reseña de «Leche de burra», de Fran Sierra

Hay libros que se leen y libros que se atraviesan. Leche de burra pertenece claramente al segundo grupo. No es una lectura que se deje domesticar con facilidad ni que responda a las expectativas habituales de quien busca una historia, una progresión o incluso una lógica reconocible. Lo que propone Fran Sierra es otra cosa: un territorio fragmentario, cambiante, a ratos caótico, donde lo importante no es tanto entender como exponerse.

Desde las primeras páginas se percibe una escritura que rehúye cualquier forma de orden convencional. El texto avanza a base de piezas breves, definiciones deformadas, imágenes que aparecen y desaparecen sin previo aviso, asociaciones que parecen surgir más del impulso que de la intención de construir un significado cerrado. Hay una sensación constante de flujo mental, de escritura que no se detiene a organizarse, que prefiere mantenerse en ese estado casi bruto, inmediato.

Ese carácter tiene dos caras muy claras. Por un lado, le da al libro una personalidad fuerte, reconocible, incluso valiente. No hay concesiones, no hay voluntad de agradar ni de encajar en una tradición concreta. Se escribe desde un lugar muy libre, muy poco preocupado por las formas o por la recepción. Por otro lado, esa misma libertad hace que la lectura sea irregular, que haya momentos en los que el texto conecta con una cierta intensidad y otros en los que se diluye en una acumulación de ocurrencias que no terminan de sostenerse.

El componente surrealista es evidente, pero no se trata de un surrealismo elaborado o simbólico en el sentido clásico. Aquí lo surreal aparece mezclado con lo cotidiano, con lo vulgar, con lo directamente provocador. No hay una búsqueda de belleza en el desorden, sino más bien una exposición cruda de ese desorden, sin filtros. En ese sentido, el libro se mueve en una frontera interesante entre la poesía, el aforismo y una especie de monólogo interior fragmentado.

El humor, presente en buena parte del texto, funciona como un elemento de equilibrio. No es un humor refinado ni especialmente sutil, sino más bien directo, a veces incómodo, otras veces deliberadamente excesivo. Ese tono contribuye a romper cualquier posible solemnidad y refuerza la idea de que el libro no pretende situarse en un lugar elevado, sino moverse en una especie de margen donde lo serio y lo absurdo conviven sin jerarquía.

En cuanto a la voz, hay una presencia muy marcada del autor, una sensación de discurso personal que no intenta ocultarse tras artificios. Se escribe desde una subjetividad muy expuesta, muy poco mediada, lo que refuerza esa idea de autenticidad, de escritura que no busca disimular sus excesos ni sus contradicciones. Esa cercanía puede resultar atractiva, aunque también contribuye a que el texto, en ciertos momentos, se perciba más como descarga que como construcción.

Leche de burra es, en definitiva, un libro que se sitúa deliberadamente fuera de los márgenes habituales. No ofrece una experiencia cómoda ni homogénea, pero tampoco pretende hacerlo. Su interés reside precisamente en esa resistencia a ser encasillado, en esa forma de escribir que prioriza la libertad expresiva por encima de la coherencia o la accesibilidad.

No es una obra que funcione de la misma manera para todos los lectores. Exige una disposición concreta, una cierta tolerancia a lo fragmentario, a lo que no se explica del todo. Pero dentro de ese planteamiento, hay momentos que justifican el recorrido, pequeñas piezas que destacan y que permiten intuir el potencial de una voz que, incluso en su irregularidad, resulta difícil de confundir con otra, algoq ue hoy en día es muy complicado de conseguir.

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"Los libros son faros erigidos en el gran mar del tiempo"
- Edwin Percy Whipple

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