Crónicas de la España insólita es uno de esos libros que lees casi como si estuvieras charlando con alguien que conoce bien las historias de cada rincón del país. J. V. Donaire no se esconde detrás de tecnicismos ni análisis historiográficos pesados: lo que hace es contarte, de manera muy directa y muy humana, las leyendas y sucesos extraños que ha ido recuperando de archivos, hemerotecas y relatos orales. Esa mezcla de investigación y tradición es, quizá, lo que más define el tono del libro.
La introducción deja claro qué pretende el autor: rescatar historias que se han transmitido en plazas, pueblos y familias durante generaciones. Se nota que ha hecho un trabajo exhaustivo buscando versiones antiguas, especialmente en prensa histórica, y que su intención no es «demostrar» nada, sino reconstruir con rigor y respeto aquello que todavía forma parte del imaginario popular. Su formación en psicología forense aparece de fondo, pero sin imponerse; lo que pesa es la mirada curiosa, casi de caminante, que quiere entender por qué estos relatos han sobrevivido.
El libro avanza por secciones, pero la sensación es la de un viaje. Lo mismo estás en la calle Antonio Grilo de Madrid, repasando un siglo de tragedias reales —sucesos documentados, fechados y recogidos por la prensa—, que te encuentras en la estrecha y silenciosa calle Matasiete de León, donde la mezcla de historia medieval y rumor popular crea una atmósfera muy particular. Más adelante las leyendas se vuelven más inquietantes, como la plaza embrujada de Albacete o el «clavo mágico» del pasaje de Lodares, donde el autor describe el lugar con detalle, casi como si estuvieras allí mirando el brillo desgastado del metal.

Y si hay algo que se nota mucho es la manera en que Donaire escribe: no intenta convencerte de nada sobrenatural, pero tampoco lo ridiculiza. Presenta las versiones, explica lo que se sabe y lo que no, y deja que el lector decida. En historias como la del sillón del Diablo de Valladolid, por ejemplo, muestra tanto los hechos históricos (las ejecuciones, los registros, el traslado del mueble al museo) como las supersticiones posteriores. Esa combinación hace que el libro sea accesible incluso para quien no acostumbra a leer sobre misterio o folclore.
Algo parecido ocurre con las secciones más extensas, como los milagros o las crónicas medievales. La historia del Niño Rey de Ávila, o la del Cristo del Perdón de Manzanares, están narradas con cierto pulso narrativo, pero siempre apoyándose en fuentes, documentos y tradiciones recogidas. No se siente ficción; se siente relato popular, pero con contexto. Y cuando aborda pueblos malditos, bestiarios o aldeas desaparecidas, el tono cambia un poco: se vuelve más descriptivo, más atento a la geografía, a la arquitectura, al paisaje. Da la impresión de que el autor realmente ha visitado muchos de esos lugares.
Otra cosa interesante es que, aunque hay historias muy conocidas, también aparecen otras que prácticamente solo sobreviven en la memoria local. En ese sentido, el libro funciona como una especie de mapa alternativo de España: no el de carreteras o monumentos oficiales, sino el de lo que permanece oculto, lo que solo se cuenta cuando cae la noche o cuando alguien pregunta lo suficiente.


