Valdelomar y Rivera Olazábal en diálogo
Hay textos que no se enfrentan, conversan, y este contrapunto funciona así desde la primera lectura. Dos cuentos, dos momentos históricos, un mismo símbolo que sostiene preguntas profundas sobre identidad y sentido. El Sol aparece como un eje compartido que organiza la mirada de ambos relatos, aunque cada uno lo haga desde un lugar distinto.
En El camino hacia el sol, Abraham Valdelomar construye un relato sostenido por la certeza colectiva. Los personajes avanzan impulsados por una fe absoluta, heredada y compartida, que no deja espacio para la duda ni para la reinterpretación. La creencia actúa como estructura narrativa y emocional, marcando cada decisión y cada gesto, y llevando al lector a acompañar una espera cargada de tensión.
Lo interesante del texto no está en el hecho histórico que lo rodea, sino en la manera en que Valdelomar explora la relación entre fe y sentido. El narrador se sitúa muy cerca de sus personajes, casi respirando con ellos, y transmite una convicción que no se cuestiona hasta que la realidad comienza a imponerse. El conflicto surge cuando la promesa divina se enfrenta al mundo concreto, sin necesidad de discursos ni explicaciones.

Pachakusi – ¿Somos hijos del Sol?, de Arquímedes Rivera Olazábal, propone otra forma de aproximarse al mismo símbolo. La protagonista no niega la espiritualidad, pero la articula desde la observación del entorno, del cuerpo y de la naturaleza. El Sol se presenta como fuente de vida comprensible, ligada a los alimentos, a la energía y a los ciclos naturales, más que como una entidad distante.
En este relato, el cuestionamiento no adopta la forma de confrontación directa, sino de reflexión. Pachakusi piensa, observa, relaciona ideas, y ese ejercicio intelectual se convierte en el núcleo del texto. El conocimiento aparece como una práctica cotidiana, nacida de la experiencia y no de la imposición externa.
Leídos en conjunto, ambos cuentos trazan un arco interesante dentro de la narrativa andina. Valdelomar muestra los riesgos de una fe cerrada sobre sí misma; Rivera Olazábal propone una cosmovisión que integra espiritualidad y razonamiento. El paso de la fe mística a la comprensión de los procesos naturales marca una diferencia clave entre ambos relatos, sin que uno anule al otro.
Este contrapunto invita a leer los textos no como opuestos irreconciliables, sino como momentos distintos de una misma búsqueda. En ese diálogo, el lector encuentra una reflexión vigente sobre cómo se construye el sentido, cómo se sostiene una cultura y desde dónde elegimos hoy mirar al Sol.
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