Todos los días son… martes continúa justo donde terminó la primera parte, pero con un enfoque más íntimo. Si en la entrega anterior el eje era la vida personal de la protagonista: Mika Mesta, en esta, Carlos Reche Gutiérrez profundiza en su pasado y, además, eleva la tensión en lo referente al sistema de selección de aspirantes a bombero y toda esa trama de aventuras casi distópica detrás del algoritmo.
El libro arranca con su regreso a Málaga, y ya desde el principio sientes cómo la protagonista vuelve más alerta y, sobre todo, más dividida por dentro. Esa es la principal diferencia con respecto a la primera entrega: aquí hay más introspección, más vida personal, más conflicto emocional. Y funciona, porque le da nuevas capas a un personaje que ya venía con cicatrices, pero que ahora empieza a mostrarlas sin taparse.
El difícil reencuentro con su padre es quizá lo que más peso tiene en esta segunda parte. Las escenas con él —sus ausencias y su forma de perderse en medio de la cotidianidad de la vida— están narradas con mucha cercanía. La manera en la que Mika intenta sostenerlo como puede mientras lidia con su propia tormenta está especialmente bien contada: mezcla dudas, estrés acumulado, miedos y heridas de forma orgánica y verosímil.
Otro punto fuerte de la novela es cómo muestra el entorno profesional. Algo no siempre sencillo. Y aunque el sistema algorítmico sigue presente en el trasfondo, esta vez pesa más cómo lo viven las personas implicadas. Se nota siempre presente la desconfianza hacia un proceso que parece medirlo todo sin entender a nadie.
Los personajes secundarios aportan ritmo, contraste, humor, lealtad y rivalidad. Los diálogos funcionan bien porque suenan naturales. No hay frases impostadas. Todo se siente muy real. Muy a pie de calle.
El estilo del autor sigue siendo limpio y directo. No se entretiene en florituras, va al grano, mantiene el ritmo y consigue que sigas leyendo incluso en escenas más cotidianas porque te interesa lo que está pasando dentro de Mika, tanto como lo que ocurre fuera.
En resumen: una historia que gana en madurez, más profunda y emocional, que amplía el universo de la primera parte y deja con ganas de más. Una lectura ideal si buscas una novela que enganche, emocione y te haga pensar. No te quedes sin la tuya.


