No suelo leer libros de superación porque muchas veces me resultan demasiado perfectos: alguien tiene un problema, descubre una fórmula y acaba explicándote cómo conseguir lo mismo. Mi viaje resiliente +60 juega en otro terreno. Alejandro Borges no ofrece una receta, sino una colección de experiencias personales donde unas cosas salen bien, otras salen mal y algunas simplemente cuestan diez veces más de lo previsto.
El punto de partida es serio. Borges sufrió un infarto a los 59 años y después recibió una recomendación que iba a cambiar su vida: abandonar el ritmo laboral que llevaba y jubilarse. El apéndice incluso reproduce documentación médica relacionada con aquel episodio, algo que deja claro que la enfermedad no es un recurso narrativo añadido para dramatizar la historia, sino el origen real del proceso que cuenta.
A partir de ahí esperaba encontrar páginas centradas en hospitales y recuperación. En realidad, el corazón del libro está en otro sitio: cómo demonios se reconstruye una persona cuando deja de ser aquello que había sido durante décadas.
Borges decide escribir. Hasta ahí, nada extraordinario. Lo interesante empieza cuando descubre que escribir un libro es solo una fracción del trabajo. Tiene que aprender sobre páginas web, autopublicación, cobros internacionales, redes sociales, publicidad y algoritmos. Sus batallas con la tecnología son probablemente las partes más entretenidas del libro, porque están narradas con el desconcierto de alguien que viene del periodismo tradicional y de pronto se encuentra intentando comprender términos y procesos que parecen diseñados para desesperarlo.
Hay un episodio en el que pierde trabajo realizado en su sitio web y acaba hundido en una silla de playa, dolorido y frustrado. Otro gira alrededor de un simple botón para descargar un cuento gratis que se convierte en una guerra tecnológica. Son problemas pequeños comparados con un infarto, pero el libro acierta al tratarlos como lo que son en ese momento para él: obstáculos reales dentro de la vida que está intentando construir.
Otro punto a favor es que la edad no aparece disfrazada. Borges habla de ser viejo, jubilado y veterano sin recurrir a eufemismos. Precisamente lo que cuestiona es que esas palabras impliquen inutilidad. Su respuesta no consiste en fingir que tiene treinta años, sino en demostrar que puede aprender cosas nuevas con más de sesenta.
El deporte cumple una función parecida. No intenta vender una transformación física espectacular. Cuenta el miedo de volver a trotar después del infarto, el control de las pulsaciones y la necesidad de aceptar que ciertas costumbres ya no son aconsejables. Hay entusiasmo, pero también límites.
Sus mejores páginas aparecen cuando sale de sí mismo: las conversaciones con otros abuelos, la historia de una madre luchando por la salud de su hijo o el mensaje de una desconocida que recibe uno de sus libros en la playa.
Al terminarlo, no pensé “quiero hacer lo mismo que Alejandro Borges”. Pensé algo mejor: quizá debería dejar de utilizar algunas dificultades como excusa antes de decidir que algo ya no es para mí. Para un libro de estas características, me parece un resultado bastante bueno.


