Reseña del libro «El eco de un alma desatada», de Yvonne Vega

Empecé El eco de un alma desatada que nunca volvió pensando que iba a encontrar una historia de fantasía romántica y me he encontrado con algo bastante más extraño y personal. La protagonista ya está muerta cuando comienza la novela, pero resulta paradójicamente muy humana. Brisa puede recorrer océanos, mezclarse con el viento y hablar con criaturas imposibles, pero sigue cargando con algo que ningún poder sobrenatural consigue resolverle: el recuerdo del hombre al que amó y, sobre todo, el dolor de haber perdido a su hijo.

Lo que más me gustó fue precisamente esa contradicción. Brisa es libre físicamente, pero emocionalmente continúa atada a su vida anterior. Puede ir prácticamente a cualquier sitio y, sin embargo, no consigue escapar de su memoria. La perla que conserva de su relación con Pablo funciona muy bien como símbolo de ese vínculo: más que una joya, acaba representando todo aquello que todavía la conecta con la mujer que fue.

La novela tiene una imaginación desbordante. En pocas páginas puedes pasar del Sahara a Java, bajar hasta una fosa oceánica, conocer divinidades marinas o entrar en un lugar poblado por seres abismales. A veces tenía la sensación de estar leyendo un sueño largo, porque las reglas del mundo no son realistas y tampoco pretenden serlo. El mar piensa, el viento protege, una ola puede tener orgullo y una sombra puede terminar preguntándose quién quiere ser.

La escritura de Yvonne Vega apuesta muchísimo por la imagen y la personificación. Hay lunas que observan, mares que sienten celos, montañas que parecen despertar y corrientes que funcionan casi como personajes. No es una novela para quien prefiera una fantasía seca, basada principalmente en sistemas mágicos o explicaciones. Aquí importa más la atmósfera que la lógica matemática del mundo.

También agradecí que Brisa no permaneciera inmóvil sentimentalmente. Su búsqueda de Pablo podría haber ocupado toda la novela, pero el libro se complica cuando encuentra respuestas que no coinciden exactamente con aquello que llevaba tanto tiempo imaginando. Pablo ha tenido otra existencia; aparecen Dhiva y Leur; Brizo también desarrolla sentimientos hacia ella. De pronto, aquello que parecía una sencilla historia de amor perdido se convierte en una reflexión sobre si amar significa conservar, poseer, recordar o saber marcharse.

Hay momentos deliberadamente excesivos, tanto en las metáforas como en la cantidad de seres mitológicos que aparecen, y creo que eso dividirá a los lectores. A mí, después de acostumbrarme a su tono, me funcionó porque entendí que la novela no busca discreción: quiere construir una especie de leyenda marina contemporánea.

El final me pareció coherente con Brisa. No voy a destriparlo, pero sí diré que la historia termina hablando menos de encontrar a alguien y más de encontrarse a una misma. Yvonne Vega deja una protagonista difícil de olvidar precisamente porque nunca termina de pertenecer del todo a ningún mundo.

Una lectura recomendable para quien disfrute de romances imposibles, mitología reinventada y una prosa cargada de imágenes.

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