Hay una idea que atraviesa La vida que encontré de principio a fin: creemos que nuestra vida seguirá un recorrido más o menos previsible hasta que ocurre algo que rompe el guion. En el caso de Yessi Morel, ese quiebre aparece alrededor de un deseo que durante años había dado prácticamente por hecho: ser madre.
Lo interesante es que su experiencia termina hablando de mucho más que fertilidad. Habla de esos momentos en los que una persona tiene que aceptar que querer algo muchísimo no garantiza conseguirlo, por más esfuerzo, paciencia o recursos que invierta.
El problema de vivir aferrados a una única versión del futuro
Desde pequeños construimos expectativas. Pensamos en el trabajo que tendremos, la pareja que encontraremos, dónde viviremos o si tendremos hijos. No necesariamente porque alguien nos obligue, sino porque imaginar el futuro forma parte de nuestra manera de avanzar.
El problema aparece cuando dejamos de considerar ese futuro como una posibilidad y empezamos a vivirlo como una certeza.
Eso es precisamente lo que ocurre en La vida que encontré. Lo que inicialmente parece un retraso acaba convirtiéndose en meses y años de pruebas, tratamientos y nuevas oportunidades. Poco a poco, la maternidad ocupa cada vez más espacio hasta convertirse en una pregunta que condiciona prácticamente todo lo demás.
Cuando un proyecto vital adquiere ese tamaño, renunciar a él no significa simplemente cambiar de planes. También implica despedirse de una versión de uno mismo.
Por eso hay pérdidas que duelen incluso antes de materializarse: no perdemos únicamente algo que teníamos, sino también la vida que ya habíamos empezado a imaginar alrededor de ello.
Aceptar no significa dejar de querer
Uno de los aspectos más interesantes del recorrido de Yessi es que la aceptación no aparece como una revelación repentina. No existe un momento mágico en el que deja de importarle aquello por lo que había luchado.
Sucede de una manera mucho más creíble.
Empieza a recuperar espacios que durante años habían quedado subordinados a la búsqueda de la maternidad: el trabajo, sus proyectos, los viajes, su familia y su propia identidad. Poco a poco comprende que había unido demasiado las palabras “mujer” y “madre”, hasta el punto de medir parte de su propio valor dependiendo de si conseguía o no tener hijos.
Ese descubrimiento permite mirar la aceptación desde otra perspectiva. Aceptar algo no obliga a considerar que fue bueno que sucediera. Tampoco borra aquello que deseábamos.
Simplemente significa dejar de pelear permanentemente contra una realidad que ya no podemos cambiar.
Y entonces aparece una pregunta distinta. En lugar de “¿por qué mi vida no fue como esperaba?”, surge otra bastante más útil: “¿qué puedo hacer con la vida que sí tengo?”.
Quizá ahí esté una de las ideas más universales de La vida que encontré. Los planes pueden romperse sin que necesariamente se rompa con ellos nuestra posibilidad de ser felices. Algunas veces no elegimos la vida que llega. Lo que sí podemos elegir es qué hacemos después con ella.


